La Cucaracha

Durante algún tiempo fui budhista, y consideré el respeto por toda forma viviente como una máxima de vida.

Todavía lo considero así, pero ya no soy budhista, y ciertamente, creo que hay ciertos seres que no merecen vivir.

No es el caso de la cucaracha. Este bichito, a pesar de ser repugnante no le ha hecho mal a nadie, y si lo ha hecho, no ha sido como un acto consciente, sino solo porque su propia naturaleza la obliga a ello.

No obstante, para mi no dejan de ser repugnantes.

El castillo al que me mudé desde hace una semana, sucede que se encuentra infestado de estos deliciosos bichitos. Como no es mi intención ser una mala persona, les he dicho desde el primer día que no deben estar ahí. E incluso les he asignado un pequeño lugar en las catacumbas donde pueden quedarse a vivir, reproducirse a su antojo y llevar una vida tranquila y modesta lejos de mi.

Es el caso pues, que estas cucarachas parecieran no entender el idioma español, ya que constantemente aparecen frente a mi, circulando por doquier, subiendo sobre los muebles, metiéndose en mi comida, en mi cama, y sobre mi misma persona cuando me descuido, rompiendo así el trato que yo creía que habíamos hecho.

He pensado que pudieran ser extranjeras, o en ultima instancia, descender de cucarachas extranjeras, razón por la que no entienden mis palabras. Esto solo para justificar su mal educado comportamiento y su falta de respeto hacia mi persona. No obstante, hoy ha llegado el día en que francamente, el justificar su mala educación ha dejado de ser importante para mi.

Sucedió que hoy, pasado un poco de las media noche, me encontraba yo escribiendo mi diario a la luz de una vela, cuando de pronto, la vi.

Una cucaracha que se paseaba frente a mi, con total descaro y sin preocupación alguna, casi hasta burlándome.

Me erguí de un brinco, dispuesto a arrancarle la vida.

Por un momento vacilé, pensando en que la pobre merecía la vida como cualquier otro ser. Luego recordé que ella, al igual que sus hermanas, estaban advertidas desde hacia tiempo, y también me pregunte: “Si no soy capaz de matar una cucaracha.. ¿de que soy capaz?”

Así dicho me lancé sobre ella, quien a pesar tratar de huir velozmente, fue acorralada por mi en uno de los corredores del castillo.

Sin salida, ella se quedó inmóvil, mirándome a los ojos.

Ambos nos miramos fijamente, en su mirada no parecía haber temor, ni enfado ni tampoco alegría, ninguna emoción, solo nervios. Un deseo ferviente de escapar de su muerte a cualquier precio.

No dudé en que de haber sido ella mas grande que yo en tamaño me hubiera atacado con todo su potencial. Sin embargo, no lo era, y yo tenia la ventaja. Ventaja que estaba decidido a aprovechar.

Ella se movió ligeramente hacia su derecha… tal vez solo fue un movimiento de su hombro, y con solo un giro le cerré el paso. Volvió a intentar moverse, esta vez hacia la izquierda, y yo volví a acorralarla.

Con un claro sentimiento de impotencia en su mirada, clavó sus ojos en los míos. Su respiración era agitada. Se veía desesperada y sin escapatoria. Y así lo estaba.

Sin intención de estirar mas su agonía, la aplasté rápidamente con mi pie. Y luego la volví a pisotear varias veces, pensando en lo que hacia como un sacrificio a los Dioses.

Lo hice hasta que no quedaron mas que restos de ella, de su cadáver destrozado brotaba por todos lados esa asquerosa cremosidad blanca de la que estos seres están compuestos.

Sus ojos, inertes ya, se mostraban sin ninguna expresión de vida, y en sus labios semi abiertos se podía observar cierta expresión de dolor y sufrimiento, la ultima que ella había sentido antes de pasar a mejor vida, aunque por alguna razón preferí pensar que se trataba de una expresión de paz y tranquilidad.

Volví luego a la tarea de escribir mi diario, y me senté frente a la vela, pudiendo observar el cadáver de ella a unos metros de distancia en el corredor.

No pasaron ni cinco minutos, cuando noté un movimiento extraño en el cadáver.

Me puse de pie nuevamente y me acerqué con cuidado.

Antes de llegar a la distancia necesaria, vi como la cucaracha, completamente reconstruida, se puso de pie rápidamente, me miro a los ojos y con una risa burlona salio corriendo.

No crean que todo terminó ahí.

La perseguí a las corridas hasta las puertas del castillo sin poder darle alcance, y luego me interné en la profunda oscuridad del bosque corriendo detrás de la desgraciada, hasta que ya sin aire en el pecho, tuve que detenerme a descansar apoyado en el tronco de un grueso árbol, y la perdí completamente de vista.

Traicionera cucaracha!

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